Llueve. Las
gotas danzan desnuda,
sin pudor
bañan la tierra,
que brinca de gozo.
Se saciaran
sus hijas y partirán el fruto,
que llenará
los estómagos ventrudos
de hombres y bestias.
Varado en
el varandal,
contemplo las gotas de lluvia
golpear la
rutina hasta arruinarla.
La miro inservible, muerta;
resucitará al tercer día y matará los sueños.
Escapará la quimera para formar tienda aparte.
El Fénix
resurgirá de las cenizas.
El cloqueo de la lluvia me despierta del
letargo,
abrazado a
los sueños entreveo su silueta,
y de una
bofetada en mi cara la derribo, la auyento.
Terca se
queda a mi lado,
se deleita
en mi sufrimiento,
coquetea
con mi razón y la seduce.
Yo no soy
yo, soy el otro.
El que
razona, el que a veces delira,
el que
fabrica sueños escurridizos,
para escapar en ellos.
Subo a la
montaña: grito un nombre,
y escucho
como se prolonga hasta el infinito. Bajo, con la cabeza gacha.
No hay
escapatoria, en casa me espera ella; reloaded, resucitada.
Yo, con los
brazos caídos acepto la bienvenida.
Y vuelvo a
revolcarme en ella, con ella.
Es mi
piara:
debo
aceptarlo, no hay manera de escapar,
de matarla,
de acabar con ella.
Es mi amada,
la que fabrica el tedio cada día,
la que borda el hastío cada tarde,
(después del trabajo)
y lo
desborda cada noche
hasta la
madrugada.
Hasta que
viene el sueño y la devora,
hasta la
mañana,
y luego
renace para seguir siendo ella,
la misma rutina
de siempre.
Amable
Peralta

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